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Los sequeros de pimiento de Candeleda están estos días a pleno rendimiento para preparar una hortaliza que después se convertirá en un sabroso condimento: el pimentón.
Las paredes de uno de los más de 15 sequeros que se agolpan en El Llanazo tienen la marca imborrable del fuego. Sus robustas piedras, ennegrecidas por el efecto continuo de l humo, recuerdan todavía hoy el trasiego incesante que hace muchos años sufría su estructura cuando llega, por estas fechas, el momento de secar a fuego lento los pimientos rojos que tras la molienda se convertirían en un elixir culinario de indudable calidad: el pimentón de Candeleda.
Hoy el paraje candeledano de El Llanazo no vive un momento de esplendor, como en aquellos años en los que las hogueras humeantes impregnaban, durante días, el aroma etéreo de las llamas en kilos y kilos de pimientos.
Tampoco está en el tiempo de bonanza ese condimento rojizo de sabor picante que en otros tiempos paseaba el nombre de Candeleda por muchos rincones del país gracias a los arrieros, los comerciantes ambulantes que recorrían media España montados en sus caballerías.
Los más interesados en adquirir esta mercancía, sin embargo, eran los vecinos de Serranillos. Cuentan los lugareños que acudían a Candeleda cogiendo muestras de pimentón que guardaban celosamente en pequeñas cajas de betún para comparar la calidad.
Antes de que ese “oro rojo” fuera comprado por el mejor postor, los curiosos hombres de campo habrían pasado noches en vela, al menos dos semanas, para abandonarse a las duras tareas del secado del pimiento maduro. Aunque hoy no es fácil encontrar entre los muchos sequeros que jalonan la villa candeledana, de esos antiguos de dos pisos y revestidos de resistente piedra (dicen que algunas de ellas proceden del desaparecido castillo que algún día presidió la plaza actual que lleva su nombre), que pese a la dureza del trabajo, está pasando estas últimas noches en vela.
[B]PROCESO ARTESANAL.[/B]
Leandro Alba Montesino conoce perfectamente el proceso artesanal y tradicional que se ha empleado “toda la vida” en Candeleda para secar el pimiento. “En el piso inferior es donde se hacen las hogueras, que normalmente hay que avivarlas por la noche para mantener el fuego vivo durante todo el día”. El humo de esas llamas, que posee el poder secante del pimiento maduro, invade el interior del sequero filtrándose a la parte superior donde reposan los extendidos sobre unas varetas de lames, todos los pimientos. El trabajo más duro llega a primera hora de la mañana, cuando Leandro tiene que remover esa manta rojiza para que el secado se produzca de manera homogénea en cada uno de esos pimientos. Para esa tarea, explica “hay que ir abriendo calles y darles la vuelta”.
Este trabajo diario, mientras el olor intenso del fuego impregna sus manos, estará seguido por el pisado del fruto, una vez que haya menguado su volumen al máximo. Antiguamente se realizaba con palas de madera.
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